“El pensamiento en sentido enfático comienza bajo el impulso de eros. 

Es necesario haber sido amigo, amante para poder pensar. 

Sin eros, el pensamiento pierde la vitalidad y se hace represivo”. Byung-Chul Han

 

“El amor está por reinventar, ya se sabe”

Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno, Delirios I

 

 

No podría resultar de mayor relevancia aquello que atañe y considera “al hombre mismo”, parafraseando a Bataille (2007), y toca las fibras mismas que hacen a lo humano.  El erotismo hace visible la indefensión que nos aliena al lenguaje mismo y nos hace salir al encuentro con los otros, nos empuja de la “discontinuidad” a “la continuidad” con los otros, que no por ser un movimiento hacia el afuera, que es nuestro adentro, nos protege del desencuentro.  El salir al encuentro implica la muerte, la pérdida, la transgresión, el desgarramiento y la violencia.  Al empujarnos al mundo del lenguaje extravía el instinto.  Es este extravío el que nos hace justamente inadaptables al fundamentalismo de las cuadraturas de la normalidad que se ensaña en un retorno a la naturaleza irremediablemente perdida de la que se crean artificios tecnológicos que análogamente  emulan y en este reduccionismo, se desconoce la polivocidad de sentidos y lo inasimilable del imposible del desencuentro con el Otro.  Esta pérdida indefectiblemente implica el accionar técnico, hacer-nos instrumentos.  “Es este extravío, esta imposibilidad de contar con el saber del instinto la que nos condena a fabricar instrumentos” (Antelo, 2005).

 

Conforme a Kant (Citado por Antelo, 2005)  “Si en el lugar de la racionalidad asumimos como específico del hombre la carencia instintiva a la cual el operar técnico pone remedio, no tenemos más necesidad de la glándula pineal o de armonía preestablecida para conectar la racionalidad con la animalidad y el alma al cuerpo. Porque la razón como conjunto de reglas estáticas del operar técnico aparecerá como el resultado natural del simple vivir el cuerpo, no idóneo a la vida que es el cuerpo humano”.  La indefensión que devela el erotismo, entonces, se hace visible como causa de la razón, la técnica y el trabajo”.  Para Heidegger (1985), Kant, Santo Tomàs (Citados por Antelo, 2005) la acción técnica es la condición  indispensable de la existencia. El alma es la interiorización del operar técnico sin el cual el hombre no podría permanecer en el mundo” (p.59). Y este operar técnico implica la inadecuación del hombre con su ambiente y del lenguaje para mediar la relación con los instrumentos para crearse su propio ambiente.  “El mundo humano no es para nada estructurado como un Umwelt ensamblado con un Innenwelt de necesidades, no está cerrado, sino abierto a una multitud de objetos neutros de extraordinaria variedad, objetos que incluso en su función radical de símbolos, ya nada tienen que ver con objetos (Antelo, 2005, p.61).

 

El hombre entonces se precisa inadaptado y con “un aprendizaje no organizado infinito sino abierto a un mundo ilimitado, infinito de objetos”, su indigencia y fragilidad lo conminan a inventar uno mas en la tarea fallida de adaptarse, esto es, lo que se llama función simbólica.   Necesitar de un lenguaje para poder crearse un ambiente comporta, entonces,  “la consecuencia mayor de la función simbólica que Lacan llama funciones de goce”.  La operación de la función simbólica hace del hombre “un sujeto descentrado por cuanto se halla comprometido en un juego de símbolos” que también componen la máquina.  “Las máquinas mas complicadas no están hechas sino con palabras.  La palabra es ante todo ese objeto de intercambio”. (Antelo, 2005, p.62-63). De ahí podría decirse, por qué los objetos de la técnica y la tecnología constituyen instrumentos de goce.

 

Por consiguiente, entrampado en sus mismas fibras y acuciado por la laminilla que lo envuelve, deviene instrumento de sus instrumentos y objetos técnicos-tecnológicos: los instrumentos y objetos que ha fabricado lo instrumentalizan allí donde pretende reducir el lenguaje a la cosa y a la carne, encajar los cuerpos a la técnica. Ni la significantización que hace lazo entre el cuerpo y los símbolos ni la corporización que introduce los significantes en el cuerpo con el reducto de goce, mas bien, asistimos hoy, al devenir de la coporización como el sepultamiento de los símbolos, de los significantes en la carne, en la máquina-carne. (Locoeur, 2009).  Es así, como los símbolos se agotan y las carnes hablan como dolor innombrable, cuerpos tatuados, escarificados, agujereados por piercings, “siliconados”, “transplantados”, atados a las prótesis maquínicas del ser máquina en sus goces, goces de la máquina fuera del sujeto. Sujetos condenados por la técnica a la holofrase, no importa quien dice, el discurso técnico no admite lo sorpresivo, la improvisación. El síntoma entonces se presenta como la única posibilidad de enfrentar la holofrase del alejamiento del significante, de lo simbólico que anula la diferencia en su distancia. 

 

Pues bien, las voces de alerta que resuenan en “El bosque de las letras”, parafraseando el título del libro del escritor Goytisolo (1995), en el pensamiento filosófico, en los lugares de las producciones del arte y sus productos, del psicoanálisis, de la historia pueden resumirse en la urgencia de desentrañar la relación del deseo humano con los objetos de la técnica y justamente, el erotismo hace visible ese nudo que puede sintetizarse en el rechazo del escritor a la anorexia de la mirada, allí donde la imagen contribuye a la "instrumentalización del lenguaje y a una degradación casi general de la escritura", y en su posición respecto de lo simbólico : "El escritor aferrado al valor de la palabra, consciente de ser una rama, prolongación o injerto del árbol de la literatura, debe defender con uñas y dientes el derecho inalienable de la escritura a ser escritura". (...) "Reivindicar la radicalidad sagrada de la palabra es reivindicar la particularidad irreductible del ser humano: su integridad y gloriosa diversidad". (...)  "Plantas del desierto por nuestra resistencia pugnaz a la degradación del verbo que nos asuela, hallamos un refugio en las umbrías y claros de un ejido ideal: el territorio aguijador y fecundo del bosque de las letras".

 

Así las cosas, resulta pertinente a los fines de la formación humanística propender por la defensa de la palabra, la escritura como una vía posible para reivindicar la singularidad, la crítica, la diversidad de pensamiento que solo es posible en un lenguaje no reducto de la tecnología sino en un lenguaje Otro que atraviese los cuerpos, sosteniendo el sujeto un lugar frente a sus formas de gozar, y, en este sentido, el erotismo como resistencia al declive de lo simbólico, la saturación de imágenes y la proliferación de objetos tecnológicos que obturan el pensamiento, velan las miradas, anulan la diferencia, la creación en diferentes ámbitos, disciplinas y rompen los lazos que hacen posible la invención del encuentro de amados y amantes .